Marcos volvió a los cinco minutos enfundado en su abrigo. Su hermana estaba haciendo estiramientos en una esquina del recinto, se giró y le pegó un grito:
- ¡Vamos Marcos, siempre llegando tarde a todos sitios, hijo!
Marcos odiaba que Patri le llamase “hijo”. Eso le convertía en un niñato delante de todo el mundo. Patri lo hacía siempre, lo hizo en aquel campamento de verano en el que acabó convertido en la mascota del campamento, lo hizo en aquel viaje de esquí, en las vacaciones familiares… ¡SIEMPRE!
Cuando creció, Marcos pensó que dejaría de hacerlo. ¿Cómo iba a seguir llamándole “hijo” con la voz de camionero que tenía ahora? Pero se equivocó, cada vez se lo llamaba más.
- Te he dicho que no me llames así – protestó Marcos.
- Vamos hijo, no te enfades – se burló Patri.
- ¡Vete a la mierda!
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