No se lo podía creer. Ahí mismo, en una sala con cuatro
ordenadores había presenciado un asesinato. Antolín se acercó a la puerta y
tras confirmar que no había nadie en el pasillo salió disparado de la sala. No había
tiempo que perder. Sabía que en breve se llenaría de gente con muchas preguntas
y una vez mas no le harían caso.
Mientras huía solo pensaba en pasar desapercibido. Se cruzó con
tres personas que corrían hacia el ruido que había hecho el disparo y ninguna
de ellas reparó en el chico con cara de tonto y la boca abierta - un truco que
nunca falla – pensó Antolín.
Y disimulando consiguió llegar hasta la puerta principal del
hotel. Tenía que buscar un lugar seguro donde ordenar sus ideas y comprobar si
lo que dijo esa desconocida era la contraseña del pendrive. Optó por caminar calle
abajo hasta que encontró un cibercafé. De momento ahí podría pasar
desapercibido.
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