-¿¿¿Mi mujer??? Escucha, no sé quién coño eres, ni a qué estás jugando. Lo que sí tengo claro es que mi paciencia es muy limitada. O me dices algo que me sea útil o cuelgo.
-De hecho Gerbo eres tú el que debería decírmelo a mí. Cualquier pista que me puedas dar sobre dónde estás te ayudará a ti a ser encontrado. No lo recordarás pero corres un grave peligro.
Gerbo era cabezota, siempre lo había sido, pero también era experto en razonar rápidamente: en esta situación estaba en desventaja. No recordaba nada, pero eso no quitaba la realidad: necesitaba a alguien a su lado y esa voz ofrecía ayuda, así que optó por dejarse guiar y dio tantos detalles como pudo. La voz al otro lado no tardó en decir “no te muevas, voy hacia allí”.
Entre tanto Antolín tenía la sangre helada. El terror era absolutamente indescriptible, inhumano.
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