Antolín no tenía a donde ir, pero tenía claro que no pensaba volver a España, todavía no.
Tenía que averiguar que estaba pasando. ¿Quien había puesto la bomba? ¿Por qué? Y lo que más raro de todo: ¿Donde recorcholines había ido el cuerpo de Gerbo? Si seguía vivo era imposible que se hubiese ido caminando sin más.
En cuanto los médicos acabaron de examinarle Antolín se escabuyó. El siempre tenía éxito en todo lo que hacía y el secreto era muy sencillo: hacía listas. Tenía claro que la lista que debía seguir era la siguiente:
1) Colarse en el despacho de Gerbo.
2) Registrar a fondo el despacho en busca de posibles pistas.
3) Hackear el ordenador de Gerbo.
El punto 4) dependería de los resultados de 2 y 3.
El punto 1 era increíblemente sencillo. Con la conmoción de la explosión nadie reparaba en el ni le hacia preguntas. Todos parecían preocupados por llamar a sus seres queridos para tranquilizarles o con encontrar amigos y compañeros de trabajo y asegurarse de que estaban bien.
El despacho de Gerbo estaba cerrado con llave, pero el era un niño de recursos. Se fue al despacho contigüo y encontró dos clips y un forro de plástico duro. Con eso abrir la puerta era pan comido.
Entró en el despacho y sintió el olor a libro viejo y alcohol como una bofetada. No se esperaba algo así. Gerbo era desordenado. Muy desordenado. Y claramente el punto dos de su lista le iba a llevar bastante tiempo...
De pronto sintió hambre. ¡Ojalá Gerbo tuviese un escondite secreto de galletas y chocolatinas como tenía el en su habitación!
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