Abrió la puerta un hombre de aspecto gay, treinta años, vestuario moderno, gafas con una montura de colorines…
-¿qué desea?
Rigoberta sacó el cuaderno y le enseñó lo que Gertrude había escrito. En cuanto vio la clave de sol el hombre esbozó una sonrisa y añadió:
-¡Ay, esta Gertrude cómo es!. Pasa niña, estamos en pleno casting, así que acomódate y espera tu turno, ten este papelito con tu número de participante.
Rigoberta pidió que le escribiera todo pero el hombre se había ido a otra habitación con paso ligero, por lo que Rigoberta no tenía ni idea de lo que estaba haciendo allí ni lo que tenía que hacer a continuación.
Observó la escena: estaba en lo que parecía ser el salón de la casa, pero algo transformado, puesto que sólo había muchas sillas vacías y sillones con bolsos y maletas. Entre las sillas había un chico y una chica esperando su turno, con aspecto compungido, y cada uno sentado en una punta distinta de la habitación sin mirarse si quiera. Rigoberta sintió la necesidad de “hablar” con ellos hasta que el hombre que le abrió la puerta salió y dijo un número, señalando a Rigoberta.
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