Odiaba a los niños. No podía evitarlo. Siempre los había
odiado, incluso cuando el mismo era pequeño odiaba a los otros niños. Si se
paraba a pensarlo el sentimiento era mutuo, los demás niños no veían con buenos
ojos que el siempre descubriera sus secretos.
Su difunto abuelo, hace ya muchos años, le dijo
"Jeremías, saber es poder. La información convierte a un hombre corriente
en alguien poderoso. Si conoces los secretos de la gente, nunca necesitarás
amistad, porque tendrás algo mejor: Respeto".
Su abuelo fue un hombre excepcional. La única persona a la
que el de verdad había querido. Podría haber pasado por un personaje sacado de
uno de los libros de Dashiell Hammett. Un hombre duro, escéptico. Un gran
detective. El fue quién le enseñó los secretos de la profesión, quien le
adiestró y le convirtió en detective, a pesar de la férrea oposición de su
padre.
Y ahora, después de tanto esfuerzo, ahí estaba él: Un
detective frustrado, un fracasado que había fallado a su querido abuelo. Esperando
para recoger a un mocoso al que seguramente odiaría, ¿por qué iba a ser
diferente este niño?
Se subió el cuello de la gabardina y buscó con la mirada
entre la multitud que acababa de llegar.
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