Mientras los sentimientos de rabia y venganza recorrían la
cabeza de Antolín, se dio cuenta de que le caía mucha sangre, especialmente por
una pierna, y de repente le entró un dolor agudo que le obligó a sentarse allí
mismo, justo al otro lado de la puerta de entrada de la ONG.
Buscó inmediatamente con la mirada a su acompañante, Jeremías
del Castillo, quién no había tenido tanta suerte como el chico y no llegó a
cruzar por la puerta, quedándose muy cerca del coche, por lo que la onda
expansiva le había dado de lleno lanzándole varios metros, hasta el empiece de
Rue de la Loi.
Y allí, desde una ventana del interior del edificio, Antolín
reconoció, detrás de un amasijo de hierros y en un charco de sangre, la camisa
de cuadros y los pantalones pesqueros.
¿Estará vivo? Pensó
Antolín, y se desmayó del dolor.
Se despertó al poco tiempo en la ambulancia, y lo primero
que preguntó al personal fue por Catherine Bosh y por Gerbo. De Catherine le
dijeron algo así como que desde entonces estaría por toda Bruselas, y sobre
Gerbo no tenían ni idea, le insistieron en que no tenían información sobre aquél
hombre y que no habían visto a nadie más malherido cerca de la explosión.
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