Esperó quince largos minutos hasta que por fin apareció. La cara de sueño y las arrugas de la ropa le delataban.
"Tiene que ser él, no cabe duda" refunfuñó Jeremías mientras se acercaba al somnoliento muchacho. "¿Eres Antolín, verdad? Tengo el coche fuera y el parquímetro sigue corriendo, así que andando que es gerundio"
Jeremías se dio la vuelta y comenzó a andar velozmente mientras mascullaba improperios. Antolín simplemente caminaba tras él a trompicones, arrastrando una maleta demasiado grande para su edad.
Al llegar al coche guardó su pesada maleta y se sentó como pudo en el asiento trasero en silencio. El hosco detective arrancó su Mustang del 67, cerró los ojos y se relajó por un instante. El rugido de ese motor y el olor a 98 octanos le hacía rememorar sus buenos tiempos de autentica investigación y persecuciones. Ahora tenía que hacer de niñera y chófer.

Yeah! Como mola...
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