La puerta estaba atrancada por fuera y Marcos oía a alguien al otro lado. Un chorro de líquido transparente entró por debajo de la puerta manchándole los zapatos. Al otro lado de la puerta, escuchó una voz de hombre que le dijo:
- Hijo, no deberías haber entrado ahí. – seguido de una risotada y el ruido de un mechero.
Al momento el líquido comenzó a arder, dejando los zapatos de Marcos en llamas. Corrió a las duchas dejando un rastro de huellas llameantes tras él, giró el grifo y apagó sus zapatos, pero ese era el menor de sus problemas… ¡estaba encerrado en un vestuario en llamas!
La ventana rota era demasiada pequeña para que él pudiera escapar y a parte del cadáver del árbitro (o investigador o lo que fuera, eso no importaba ahora) y los cristales rotos no había nada más en el vestuario salvo lavabos, urinarios y tuberías.
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