Gritaban salvajemente y llenos de pavor. Algo no andaba bien. De la lejanía se escuchaba un ruido desgarrador.
- ¡Caballos!- Cientos de caballos habían penetrado en la cueva y se encontraban rodeando a los maracks. Estos intentaban escabullirse de la ira de los jinetes los cuales gracias al factor sorpresa los desarmaban con facilidad. No se vio ningún derramamiento de sangre ni herida profunda. Los jinetes sólo querían dispersarlos. Y lo consiguieron. No quedó ni rastro de ellos ni de los dos extraños forasteros.
Sin mediar palabra, los jinetes viraron y trotaron tranquilamente hacia el escondite de Marcos. – Oh, no ¿dónde estará Hatima? ¿qué han hecho con ella? De pronto, su amiga apareció de entre las sombras y se dirigió decidida hacia el jinete cabecilla. Hincó su rodilla en el suelo y le dedicó un respetuoso saludo. Éste desmontó, acarició la cabeza de Hatima y se descubrió. Los demás le imitaron. Todas eran mujeres. Mujeres de rostros angelicales. De bucles rojos como el fuego y enormes ojos violetas.
La que parecía ser la cabecilla sonrió hacia donde estaba Marcos espiando y con voz melodiosa, calmada, llena de paz, le informó: “Marcos, el elegido, por centurias te hemos esperado. Este es tu tiempo, recuperarás tu trono.”.
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