Marcos, que aún seguía sin creer en nada de lo sucedido, estaba otra vez dentro del trágico lugar del supuesto, aunque no confirmado, asesinato.
Siempre fue un chico inquieto y demasiado espabilado para su edad, y su pasatiempo preferido era el jugar a los detectives con los otros niños del barrio. Mientras entraba por la puerta del viejo fiambre se acordó del incidente con la señora Bellafoy, quien, años atrás, le había acusado de asesinar a su gato mientras participaba en uno de sus juegos infantiles por haber husmeado demasiado. Claro que, ahora no se trataba tan sólo de un feo bicho ni de un inocente juego, sino que en este juego, si seguía jugando, puede ser que corriese peligro.
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